En mi deriva anti-IA y contratecnológica, ayudado por el beneplácito de mi pareja, he caído en una de las tentaciones en las que no pensaba que iba a caer: la música en vinilo.
Y es que tengo una gran colección de cds que compro desde los 15 años, y además, en mi casa nunca hubo vinilos (aunque sí en la de mis abuelos maternos, pero esos creo que se perdieron): mis padres fueron directamente de cassettes, si es que tenían algo, y yo también, pero el salto a la música lo hice a principios de los 90 con mi propia colección de discos compactos (tras, como todos, muchos cassettes grabados). Luego, toda esa música la tendría en soporte digital (mp3). De hecho, es mi colección más amplia: creo que tengo en mp3 casi todo lo que tengo en físico, amén de centenares o miles de álbums más directamente en mp3 (bobinas enteras de cds y dvdroms llenos de música, y posteriormente discos duros externos).
Yo siempre fui de ir escuchando música en mis itinerancias. Primero fue en walkman, luego en discman, más tarde con reproductores de mp3. Incluso tuve un reproductor que era un minidisco duro, creo que era de 1GB, que para la época era una cosa monstruosa de capacidad. No podréis decir que critico de forma hipócrita a los zombis que actualmente vemos en la calle, en los buses, y en todas partes, mirando la pantalla del móvil, porque yo también estaba enganchado. Yo simplemente tenía música de fondo, como tengo en la mayoría de cosas que puedo hacer con música, no todos mis sentidos secuestrados por la atención de la maquinita. No es lo mismo. Actualmente sigo haciendo lo mismo en mis desplazamientos: escucho música (o leo un libro, si el resto de pasajeros no me lo impide).
Y no obstante, para mí siempre ha sido un NO rotundo a la música por suscripción. No he pagado nunca el sacrosanto Spotify, la plataforma que ha logrado imponerse en el común de los mortales como medio para escuchar música, ni lo haré jamás. Cuando no he podido proveerme de mis propios mp3, he buscado alternativas que burlen a las plataformas de pago. Porque me niego a pagar de nuevo por una música que ya he comprado en la mayoría de las ocasiones (y a veces, varias veces). Las suscripciones son el formato de consumo del presente y al que se dirigen todos los servicios. Quieren que abandonemos todos los formatos físicos (música, videojuegos, libros, cómics, películas... lo que sea) para cobrarnos mes a mes por una "nube" que no poseemos, y que puede fallar o ser eliminada en cualquier momento, sin ninguna garantía para nosotros. En ese sentido me estoy volviendo muy preparacionista, y no me voy a quitar de encima mis cds o mis películas más amadas (retiré una caja de cosas para vender... Aún no lo he hecho y no sé si finalmente lo haré). Porque, llamadme viejo paranoico, pero me da la sensación de que en algún momento algo se irá a la mierda y nos quedaremos sin nada. Y entonces, todo aquello que retengamos aún de lo físico, lo analógico, nos va a salvar. Yo cedí con los videojuegos (todo lo que tengo está en Steam). Pero no lo haré con mis álbums, mis libros o mis juegos de mesa. Cada vez vuelvo más a lo analógico.
Así que aquí estoy, a mis 47, volviendo un paso atrás y lanzándome al mundo de los LPs. He de admitir de que miraba con desconfianza a los usuarios de vinilo, por su aura de "puretas", lo confieso. Eso es debido, creo, a que en el mundo del vinilo se mezclan muchas cosas: se mezcla nostalgia por lo analógico, sibaritismo musical y coleccionismo extremo -un coleccionismo que, al menos por ahora, no comparto. Pero os diré una cosa: hace unos 30 años, aproximadamente, nos decían que el cd sería el formato definitivo, que duraría toda la vida (lo recuerdo claramente decir, aunque fuera en tono publicitario, a José Ramón Pardo en M-80), y hete aquí que algunos vinilos que tienen ¡50 años!, bien cuidados, se han conservado incluso mejor que algunos cds.
Así pues, sí, he entrado en la secta vinílica. Con un equipo modesto, he de decir, y un afán de coleccionismo mínimo. Y, además, con un propósito bastante claro de lo que quiero de mi colección. Me he limitado, por ahora, a álbums de la era analógica, que fueron creados para ser escuchados así, en vinilo. Y de momento me he centrado mucho en cosas de los 70. He estado comprando nuevos y de segunda mano, y en la mayor parte de las ocasiones ha sido una gran experiencia.
En el debate de si la música en vinilo tiene más o menos calidad objetiva que un cd no entraré. No lo sé. Sólo sé que a mí lo que me parece es que la música del vinilo parece tener más cuerpo, parece más densa (es difícil de explicar), nítida a pesar de que el formato tenga algún ruido de fritura típico, y hay grabaciones increíbles en las que parece que tienes a la voz a dos metros de ti. Y eso que mi equipo es bastante salchichero, tanto el tocadiscos como los altavoces.
Pero otra cosa que me está resultando muy placentera del vinilo es que recupera la parte ritual que te conecta con la música. No es abrir una ventanita en un dispositivo y darle a un botón. Es la experiencia estética de rebuscar entre esos álbums de gran formato, elegir uno, sacarlo del cartón, quitarle la funda interior, revisar si tiene polvo, ponerlo en el plato, bajar la aguja, ajustar el volumen... Y sentarse a escuchar, a mirar la carpeta... Es una experiencia que te liga más a la música, porque propone una relación más íntima, y demanda de un tiempo que nuestra forma de vivir actual nos niega. El vinilo (no descubriré nada al que ya es aficionado) te obliga a retomar una relación con la música como la que se tenía antes. Una relación de los tiempos analógicos. (Por ejemplo, es mucho más difícil saltar una canción. Podrías hacerlo, pero es algo arriesgado para la salud del LP... Así que trabajas la paciencia y quizá descubres algo que no esperabas en esa canción que en principio no te gusta tanto). Y resulta que de esta manera disfrutas esa relación mucho más. Como si fuera un colegial, ahora sólo tengo prisa por llegar a casa, encontrar un momento de calma, elegir un LP, y ponérmelo. Esto es algo que con un mp3 no me pasa. Y sólo por este redescubrimiento de la música a un melómano como yo (muchos de los álbums que he comprado en este formato ya los tenía en cassette, o en cd, o en mp3...) ya ha valido todo la pena, y eso que esta afición no es nada barata (aunque a veces encuentres gangas de segunda mano -y tengas que arriesgarte-, de alguien que no valora un determinado disco como tú lo haces).
En fin. No tenía yo gastos suficientes y problemas de espacio con libros, cómics y juegos de mesa, que ahora tenía que ponerme con los vinilos. Pero, ¡ey! If it sparks joy, diría Marie Kondo, ¿quién soy yo para frenarme?



































