8.12.19

Sobre sostenibilidad, comodidad y otras preocupantes hierbas

[Una divagación sin rumbo pero centrada en la sostenibilidad de nuestro modo de vida] 

Llevo ya un tiempo en que la visita a una gran superficie o supermercado me pone nervioso. Ver los pasillos absolutamente llenos de productos en sus lineales me provoca una sensación de desconcierto de intranquilidad. Porque al ver toda esa exposición de productos caducables no puedo evitar pensar todo el tiempo en su malgasto. En que muchos de ellos irán directamente a la basura. En que el 90% de los productos de un hipermercado están envueltos en plástico o son recipientes de plástico, un plástico que apenas se recicla y que va a estar siempre ahí. Siempre. Y cada vez más escuchamos noticias de un mar lleno de plásticos, de continentes de plástico a la deriva... Es que no hace falta ir a buscar la noticia: te pega una bofetada personalmente cuando vas a la playa, cuando caminas por el campo, cuando paseas por la ciudad. Todo está infestado de envases de plástico, que la gente no sabe o no quiere o le da igual reciclar. La cumbre climática reciente de Madrid ha sido como todas las demás: mucha palabrería, mucho postureo, muchas firmas, pero nada en claro. Eso sin contar que los principales países contaminantes ni siquiera estaban presentes.

Y pienso en el futuro cercano. Un futuro cada vez más cercano en el que el petróleo empezará a escasear. Y por tanto el plástico. Y deberemos cambiar nuestra manera de vivir de forma drástica, porque todo será diferente. Algunas comunidades ya están limitando el uso de bolsas de plástico, pero hoy mismo, a pesar de la prohibición de venderlas, se siguen usando. ¿Cómo nos llevaremos las frutas y verduras, pensará alguien? Pues en la cesta de la compra de la abuela, como se hizo toda la vida, o cómo se hace ya en los mercados ecológicos. No hay bolsa de plástico. Como mucho, alguna de papel. Pero lo que hay que hacer es directamente cesta de mimbre. Como la abuela. Porque vamos a tener que volver en muchos sentidos a lo que hacían los abuelos.

¿El qué? Se acabará comprar raciones individuales de todo. Cualquier producto se encarecerá, y por tanto, cuanto más pequeño sea, más valdrá. Tendremos que comprar más al por mayor. No sólo se encarecerá el plástico, sino todo lo que es transportado, por lo tanto, todos aquellos productos que vienen de la otra punta del mundo o se dispararán o dejarán de estar disponibles. Tendremos que volver al producto local, como se hizo siempre. 

Habrá que arremangarse para sacarnos del pozo de mierda en que se habrá convertido este planeta. ¿Qué problema hay, se te van a caer los anillos por recoger los desperdicios de otros si haces una excursión al campo? No: contribuirás a no degradar la tierra y con suerte servirás de modelo a los demás.

Todo esto son ideas inconexas que se me iban agolpando mientras escribía, a cuento de algo que he pensado y subido a Facebook: ojalá la gente se tome igual de bien las medidas que en un futuro cercan tendrán que tomarse y que sacrificarán comodidad por sostenibilidad como las medidas que ya se han tomado sacrificando libertad por seguridad. En el segundo caso (restricción de libertades, controles continuos, grabaciones, etc.) nos han dicho que era por nuestra seguridad, y hemos callado y agachado la cabeza, como si no hubiera alternativa. En el primero, los liberales nos dirán, aunque el puto planeta se esté yendo a la mierda, que legislar según qué tipo de cosas en beneficio del medio ambiente es atentar contra la libertad individual y el libre comercio. Algunos lo creerán de verdad porque tienen el cerebro sorbido, pero muchos de los que se alarman ante este tipo de restricciones son empresas con intereses de por medio. 

Soy consciente de que no descubro América, de que todo esto muchos lo sabéis, pero hay que actuar ya, joder. Hay que cambiar las cosas. Hay que denunciar la proliferación de plásticos, hay que quejarse a los supermercados, hay que optar en última instancia por una voluntad individual de cambiar algunos hábitos. 

La próxima vez que estéis en la cola del súper, fijaos en los carritos que tenéis delante. Todo está emplasticado. Da miedo.Todo lo que nos llevamos, todo, o el 90% al menos, está sobreempaquetado y conservado en plástico. Es demencial.

Vamos a tener que replantearnos todos nuestros hábitos de consumo en un futuro cercano, y no nos va a gustar. Y muchos sectores nos dirán que eso va contra la democracia, contra la libertad de elección, que esos malditos rojos quieren que sólo comamos verduras y vayamos en bicicleta. Como si fuera libertad de elección optar por lo que nos destruye. ¿Es un atentado contra nuestra libertad no poder comer fruta o verdura que no es de temporada? Para algunos sí.

Algunos sectores son tan rídiculos, tan infinitamente imbéciles, que son como lemmings marchando hacia su propia extinción, pero satisfechos por llevar los bolsillos llenos de dinero.

¿Sabéis una cosa? Por mucho que avance la tecnología, no creo que el dinero sea comestible en el futuro.

Por suerte, parece que en los últimos meses, debido precisamente a la Cumbre Climática de Madrid, los medios son más sensibles al tema. Como si el tema no fuera la deria de cuatro abrazaárboles, sino algo más real. Porque cada vez las evidencias están más delante de nuestra cara como para poder negarlas. Mirad Murcia y el desastre en el que está sumido el Mar Menor, consecuencia de los vertidos y de la agricultura intensiva, que ha envenenado la tierra y el agua para conseguir esa superproductividad que, de todas maneras, luego termina en el cubo de basura. Éste caso es el ejemplo perfecto de cómo no hacer las cosas: un gran ecosistema se va a la mierda o está a un tris de estarlo, y los remedios que se ponen son parches que, encima no son bien recibidos por los agricultores, que se consideran "humillados". El problema es mucho más profundo y radica en el origen del sistema. Necesitamos volver al cultivo natural, no intensivo, sin agentes agresivos hacia la tierra, usar la permacultura, la rotación de cultivos o el descanso de la tierra, medidas todas que van en contra de capitalismo salvaje en el que estamos inmersos y que hacen peligrar todo el sistema tal como está instaurado. La mala noticia es que su no aplicación lo que hace peligrar es todo lo demás: el ecosistema que hace posible nuestra supervivencia.

En todo este entramado se hace difícil decir quién es culpable y quién tiene que actuar para cambiar las cosas. La respuesta probable es TODOS. Cierto es que sin un apoyo institucional o empresarial, los individuos poco podremos hacer, pero es también la presión individual y luego social la que genera los cambios.

No es una cuestión sólo de reciclar. Reciclo y ya está, he cumplido con mi deber. No, amigo, no es así. Parece que con reciclar los envases o meter cada desecho en su contenedor ya hemos hecho nuestra parte (algunos ni siquiera llegan a eso. En según qué barrios, la conciencia de separación de residuos es nula, y es tristísimo. La gente, lo siento, no tiene NI PUTA IDEA de cómo usar correctamente los contenedores). El verdadero reto es cambiar de hábitos. Aquí van algunas cosas muy sencillas que todos podemos hacer y no cuestan mucho esfuerzo:
  • Ante todo, reducir el consumo, no comprar raciones pequeñas o individuales, intentar cuidar de las cosas para que nos duren lo máximo posible. Como nuestros padres hacían.
  • Optar por envases de cartón, cristal o madera antes que plástico.
  • Castigar a las grandes superficies que sobreempaquetan su mercancía.
  • Preferir mercados locales y tiendas de proximidad antes que grandes superficies.
  • Fomentar el consumo de producto ecológico, local, y, si puede ser también, de comercio justo.
  • No usar más bolsas de plástico: en lugar de ello, de ropa, o de papel, o en todo caso, de más de un uso.
  • Pedir las sobras en un restaurante. No es humillante ni de poca clase. Estamos evitando derrochar comida.
  • Consumir menos carne. En serio, las alternativas a día de hoy son muchas y son sabrosas. No digo que se deje de consumir del todo. Pero hacerse flexivegetariano (básicamente vegetariano, pero comiendo carne ocasionalmente) es una buena forma de contribuir al bienestar del planeta. Pensad que la mayor parte del terreno cultivable del planeta es para alimentar al ganado, que a su vez nos alimenta a nosotros, no para el ser humano directamente.
  • Reciclar la ropa o depositarla en contenedores que la recogen y que no hacen negocio con ella.
  • Acudir al mercado de segunda mano. En nuestro país, hemos tenido siempre la impresión de que comprar ropa de segunda mano era algo muy de pobres, y sin embargo, en muchos países es algo normal. Cada vez son más usuales los mercadillos de segunda mano, donde podemos encontrar de todo y a buen precio.
  • Usar papel de periódico para envolver regalos. A la hora de montar una fiesta, ágape o reunión cualquiera, pensar en la cantidad de residuos plásticos que podemos llegar a generar.
  • Comprar a granel los productos que uno pueda consumir así.
  • Ser conscientes, sobre todo, de que el precio que pagamos por casi todo es fruto de la explotación de alguien, del eslabón más débil de la cadena. La ropa de Primark y de muchas marcas es tan barata porque viene de donde viene, y porque es de mala calidad. En las grandes superficies los precios son baratos porque su poder económico permite llegar a una extorsión legal con los productores. Y así con todo. "Yo compraría productos ecológicos, pero no me lo puedo permitir", habréis oído. Bueno, quizá el problema es que ÉSE es el precio real del producto. No quiero decir que no se consuma nada, lo que digo es que seamos consciente que no estamos pagando lo que valen las cosas, y que si algún día tenemos que hacerlo, vamos listos. Teniendo esto en mente, consumamos de forma responsable. 

Tened en cuenta que nuestra actitud, nuestro posicionamiento sobre el tema y sobre todo nuestras acciones pueden ser un ejemplo para los demás, que el ser humano es gregario y que necesitamos de muchas personitas haciendo el bien para que resulten un Bien mayor para todos.

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