11.5.10

Lecturas obligatorias, cómics y fobias al papel

Entre los profesores de Literatura siempre planea de fondo la vieja cuestión de si leer clásicos en clase o no. Es un debate antiguo y espinoso. Visto el percal con el que nos encontramos actualmente, quizá deberíamos preocuparnos simplemente de si leen o no, pero eso es otra historia. Mientras en Textos deseducativos vuelven sobre el tema en el artículo Seleccionando lecturas, en el que la autora confiesa que entre la postura purista y no purista hay demasiados tonos de grises como para que la solución sea fácil (aunque termine el post patinando considerablemente cuando dice que "El único disparate es que mi alumno de 1º de Bachillerato se niegue a leer El Quijote si no es en el cómic que le regalaron cuando era pequeño por su cumpleaños"), en A pie de aula, Lu se queja de los nuevos planes de lo que llama Turboliteratura en bachillerato y su completo sinsentido. Este post me ha llevado a un artículo de Rosa Montero en El País que me parece absolutamente brillante por cuanto comparto palabra por palabra lo que ella dice en él. Algunos clásicos deberían ser puntos de llegada y no de salida, y el hacer leer La celestina de forma obligatoria a los dieciséis conlleva un alto de riesgo de incitar a la fobia a la lectura más recalcitrante posible, en vez de a la pasión. Os lo copio aquí los fragmentos más destacados:
Para empezar por el principio: siempre me ha parecido una barbaridad obligar a los adolescentes a leer el Quijote. Y no sólo eso: la enseñanza de la literatura en la educación secundaria española es un completo disparate. Por ejemplo, en 3º de la ESO (catorce años) tienen que estudiar el periodo comprendido entre la Edad Media y el siglo XVIII. Chavales que no han leído jamás una novela por propio placer y que no han descubierto todavía que entre las páginas de un libro cabe el Universo, tienen que tragarse por narices el Mio Cid, que no sé si ustedes lo recuerdan o lo han leído, pero que desde luego es considerablemente espeso. “Con el agravante de que los programas de Historia y de Literatura no están coordinados, de manera que se les habla de épocas que ni siquiera han estudiado antes, lo que genera situaciones entre absurdas y grotescas”, dice Fernando López, un joven dramaturgo y narrador (...) que además lleva cuatro años dando clases de literatura en un instituto.

Hace unos días mantuve con Fernando una larga, instructiva y llorosa conversación: (...) Porque además entre estos chicos y chicas que tienen que leer literatura medieval a los catorce años hay numerosos emigrantes con grandes dificultades para hablar en español correctamente. Me imagino que para ellos sumergirse en el Cid debe de ser como aterrizar en Marte. Claro que a los españoles veteranos no les va mucho mejor, porque tampoco entienden una palabra del lenguaje y porque les importa un pimiento ese mundo tan raro y tan ajeno. Por otro lado, los planes de estudio están tan apretados y tan concentrados en cosas como la morfología y la sintaxis que los profesores que quieren dar otros contenidos y recomendar además otras lecturas no tienen casi espacio para moverse. Y encima se ven obligados a luchar contra la burricie de las familias: “Aunque sólo llevo cuatro años dando clase, ya ha venido algún padre indignado a preguntarme por qué su hijo pierde el tiempo leyendo cuando debería estar estudiando”, dice Fernando.

Luego entramos en el Bachillerato y la cosa sigue empeorando. Porque ahí, a los 17 y 18 años, es cuando se tienen que meter entre pecho y espalda el Quijote y La Celestina, dos textos verdaderamente maravillosos pero dificilísimos de digerir a esa edad. Los clásicos son una estación de llegada, no de partida. Hace falta haber leído y haber vivido bastante para poder gozarlos. La obligatoriedad de estas lecturas sólo convierte esas joyas en un muermo espantable, en un plúmbeo recuerdo que será una losa para toda la vida. Para peor, además, existe el general y apabullante consenso de que esos textos son lo mejor de la literatura española. De manera que a los chavales les dicen que se van a leer lo mejor de nuestra literatura y luego les obligan a meterse en vena esos ladrillos. Con lo cual, como señala Fernando agudamente, no es de extrañar que el pequeño porcentaje de muchachos que, a pesar de este tratamiento de shock, desarrollan un amor por la lectura, huyan todos en tropel despavoridos a leer a los autores extranjeros, y que den por sentado que los españoles somos unos pestiños y escribimos de cosas que no guardan relación alguna con sus vidas. En fin, me pregunto quiénes son los responsables de estos planes de estudio demenciales. Y me respondo: gente que no lee y que no ama los libros. De otro modo no se entiende semejante empecinamiento en la catástrofe.

¿Qué opinan ustedes?

3 opiniones:

Pepkatran dijo...

Jaja. Llevo ya un tiempo viendo este blog, pero hoy me obligas a mi primer comentario. Y es que con lo del Quijote y la Celestina recordé mi supremo odio a las clases de literatura. Y es que yo me he leido enteros todos los libros que han pasado por mis manos (y no son pocos), excepto esos dos. En el caso de la Celestina, era obligatorio, y a pesar de saber que nos iban a hacer un examen para asegurarse de que lo habíamos leído, no pude con él y me leí sólo los resúmenes que aparecían al principio de cada capítulo.
Y el Quijote vino por mi propia voluntad intentar leerlo cuando lo encontré en casa, pero claro, para mí el castellano antiguo de aquella era profundamente cargante.

KristOmertà dijo...

Los clásicos son una estación de llegada, no de partida

+100
Mira que me ha gustado leer desde siempre, pero pocas veces podía con los libros que te metían con calzador.
Lo del Quijote lo recuerdo perfectamente, junto al debate que tuve con el profesor intentando que entendiera que yo comprendía perfectamente por qué el libro era grande en todos los sentidos pero que, aún así, me parecía un tostón. XD

Josep Maria dijo...

Yo creo que el buen gusto (en el sentido ilustrado, ojo) se forma en los clásicos y en la tradición. Y también creo que, si hemos apostado por el carácter universal de la enseñanza, debemos creer -la fe es irracional- que todo el mundo puede adquirir buen gusto. Si la primera premisa la damos por falsa, participamos de una espiral delicada, me parece, llamada "posmodernidad". Si no aceptamos la segunda, habría que repensar el sistema educativo.

Ahora bien, otra cosa muy distinta es cómo se enseñan los clásicos, o si sólo deben enseñarse clásicos, o qué entendemos por clásico.

Contextualizándola debidamente e incluso banalizándola un poco -lo reconozco-, algunos profesores consiguen que La Celestina guste a muchos alumnos de primero de bachillerato. Pero lo que no puede hacer un profesor es dejar a sus alumnos solos ante un texto medieval o renacentista... o del 55; porque entonces sí que el fracaso será colosal. Esto es evidente.

En este sentido, sí es indiscutible que el sistema cuenta con unos planes de estudios diseñados y coordinados por Pierre Nodoyuna. Y que no tiene sentido aprender historia de la literatura si no es en paralelo con la adquisición de habilidad lectora, algo que requiere un tiempo del que no se dispone en el aula.

También creo que el problema no es sólo que dejen de leerse clásicos, sino también qué lecturas los sustituyen o complementan. Si es un buen libro contemporáneo, incluso juvenil, la operación puede salir bordada. Pero por cada buen libro juvenil que se escribe, hay docenas de bochornosos docudramas, pedorretas de look gótico pero sin sustancia gótica, ingenuidades para párvulos o productos supeditados a modas absurdas que nada tienen que ver con la literatura o con la simple lectura como operación intelectual.

Y muchos departamentos escogen precisamente este tipo de libros en sustitución de los clásicos. ¿Por qué? Quienes lo hacen suelen justificarse diciendo "es lo que gusta" -una forma, por cierto, muy peligrosa de entender la enseñanza en democracia-. La realidad, sin embargo, es esta: "Este pescado se vende solo y así yo no tengo que guiar a los alumnos por los vericuetos de una lectura a la que yo no he regresado desde que aprobé las oposiciones, porque en realidad la literatura no me gusta".

Ojo, con esto no niego que el debate planteado por Cisne Negro sea legítimo. Por supuesto que lo es, y además es lógico que los profesores busquemos el punto exacto al respecto. Y Cisne es un profesor ejemplar, que busca lograr buenos lectores y se pregunta cómo. La respuesta es difícil.

Lo que yo digo es que, desgraciadamente, muchos funcionarios ni se plantean ese debate, porque ya han decidido: "lo que sea más fácil". ¡Qué coincidencia, sus alumnos están de acuerdo! ¿Será que los imitan?

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