Es curioso la línea que uno llega a seguir eligiendo películas. Después de mi temporada Vietnam, con los clásicos del género -vistos por primera vez, ojo-, terminé recalando en un producto de serie B de la Cannon Films, protagonizado por David Carradine y ambientado en dicha guerra: Más allá de las líneas enemigas, u originalmente P.O.W.: The Escape, de 1986, una película ínfame en la que los soldados americanos son los buenos y el Vietcong un hatajo de seres despreciables y traidores y que disparan horriblemente mal. Sin embargo, sabréis los que me conocéis que tengo debilidad por la serie B, incluso la Z, que soy fan de la Hammer y de cualquier engendro de peli con zombis, y que si se trata de pelis cutres, y encima de los 70-80, allá que voy. Así que tras dicha película, Filmin me sugería otros títulos, y reparé en las películas de Charles Bronson. Pero ya sabéis, las pelis de madurez de Bronson, las de "vengador". Nunca las había visto y en ese momento me pregunté qué maldito interés tendría el público en un tío que ni es guapo, ni está fornido, ni es especialmente buen actor. Así que allá fui: a por su saga más icónica, en inglés Death Wish.
La primera película de la saga es El justiciero de la ciudad (Death Wish). En ella, Paul Kersey es un arquitecto al que unos pandilleros matan a su mujer y dejan a su hija postadolescente poco más que catatónica. Al ver la ineficiencia de la policía, Kersey, que ha conseguido un arma, se tomará la justicia por su mano y buscará a los pandilleros para acabar con ellos.
Es 1974. Nixon acababa de dimitir aquel agosto y Gerald Ford era el nuevo presidente. Nueva York, la ciudad en la que suceden los acontecimientos de la ciudad, pasaba por uno de sus peores momentos: la ciudad tenía una deuda insostenible y la criminalidad se había disparado. Los turistas recibían al llegar al aeropuerto unos panfletos que rezaban "Bienvenidos a la Ciudad del Miedo", donde se les daban advertencias de qué sitios evitar. [Este artículo sobre la situación de la ciudad es muy interesante]. Los 70 serían una etapa fundamental para convertir los logros del movimiento por los derechos civiles en cambios políticos, educativos, institucionales y culturales duraderos: aumentó la presencia de afroamericanos en cargos políticos, aunque persistieron problemas como la pobreza, la desigualdad educativa y la brutalidad policial.
Tengo una teoría que tengo que desarrollar o ver si ya ha sido trabajada desde la antropología o los estudios culturales: la evolución de los "tipos malos" en el cine. Mi teoría (sin más fundamento que mi experiencia como espectador-lector) es que la asociación de un tipo de vida alternativa con la delincuencia se cimenta en el imaginario popular en los años 60/70 relacionando el crimen con los sectores de los márgenes que habían estado protestando durante esas décadas: los hippies, las personas de color, las minorías étnicas, los que reivindicaban una sexualidad libre. Todo esto a ojos conservadores debían de ser vagos abraza-árboles y negros desarrapados, todo un conjunto de maleantes y drogadictos, a los que esta situación de crisis en Nueva York (por seguir el ejemplo de antes) no ayudó a refutar. Es más, la combinación clase baja-delincuente-persona racializada era perfecta para ofrecer a estas personas como los malos. Y Death Wish, como muchos de los productos de la época, retrata esto muy bien. No sólo eso, sino que se convertiría en el espejo en el que reflejarse en la siguiente década. No olvidemos que, por ejemplo, el Castigador de Marvel aparece ese mismo 1974, año de Death Wish, pero que la novela original de Brian Garfield en la que se basa la película tuvo mucho éxito y era dos años anterior.
Bueno, pues aquí tenemos a Paul Kersey (Charles Bronson) dispuesto a tomar venganza. No es algo que se le ocurre al instante de perder a su familia. La conexión la hace cuando un cliente, ojo, texano, le regala un revólver. Kersey vuelve a Nueva York y se dedica a salir de noche, y casi que esa explosión de delincuencia se lo pone a huevo.
El justiciero de la ciudad, vista con ojos contemporáneos, es casi ver el meme de "Llamen a una ambulancia". Un señor, que es arquitecto y nunca se ha metido en líos, hiere a su primer delincuente casi por accidente, y desde ese momento se convence de que puede acabar, si no con el crimen, con los asesinos de su familia. A partir de aquí, la película, aunque no es lo que quiera enseñar explícitamente, nos muestra la psicopatía que desarrolla el protagonista: ya apenas le interesa el estado de su hija, recluida en un psiquiátrico, su meta será limpiar las calles.
Las frases lapidarias al estilo Harry el sucio no faltan en la saga (aunque creo que ésta es de la segunda parte): "¿Crees en Dios? Ahora vas a reunirte con él. ¡BAM!"La policía se muestra como un cuerpo inepto y su preocupación es tapar el caso de los asesinatos de criminales, más que detener al asesino. El jefe de policía, de hecho, se congratula de que los índices de criminalidad han caído con Kersey rondando por las calles, con lo que ya les va bien, pero temen un efecto réplica en la que cualquier otra persona se sume al papel de vengador anónimo. Una lectura, por tanto, muy de la época y del contexto que hemos citado.
Death Wish funciona por lo burda que es. Opera a nivel sensorial, irracional. Como espectador, apenas te interesa la nula psicología de los personajes, el estereotipado detective que persigue a Kersey, o lo mal actuada que está la hija del protagonista. Tú sólo piensas: "¡Traga plomo, escoria! ¡Dale, Charles!". Y es por eso que funciona. La película en sí misma tiene detalles curiosos, como ver a Jeff Goldblum, en uno de sus primeros papeles, como delincuente; la banda sonora del músico de jazz Herbie Hancock, y algunas escenas de violación incómodas de ver hoy en día (aunque la de Death Wish II, sobre la que volveremos, es aún peor). El plano final, con Bronson haciendo el gesto de disparar con cara sonriente a otro desarrapado, es algo que seguramente no olvidaría Clint Eastwood. La película, con (o a pesar de) su tremendo mensaje ultraconservador, sería un tremendo éxito que haría a Bronson retomar el personaje hasta en cuatro ocasiones más, la última de ellas veinte años después. Seguiremos.





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