17.8.11

La gran visita (Ramón Buenaventura)

Me hago eco del post que hace poquito subió Ramón Buenaventura acerca de la visita del Papa, y consideraciones generales sobre la deriva de la iglesia católica bastante acertados, en mi parecer:

He vivido bajo el poder de los siguientes Papas:
Pio XII (1939-1958)
Juan XXIII (1958-1963)
Pablo VI (1963-1978)
Juan Pablo I (1978-1978)
Juan Pablo II (1978-2005)
Benito XVI (2005-)
pioxiiicojuanxxiiiicopabloviicojpiiicojpiicoBenedictoXVI1
De Pío XII solo recuerdo los reportajes que publicó Paris Match sobre su muerte, mala, al parecer, aunque endulzada por repetidas apariciones de Jesucristo, quizá felicitándolo por su excelente gestión. Mi abuela tenía en su dormitorio un cartel de indulgencias autografiado por él. Era feo.
     Juan XXIII, como tantas veces se ha dicho, tenía pinta de cura párroco de los que no gastan sobrina ni ama. Quiso modernizar la Iglesia, no en los contenidos —Dios lo librara: eso nunca— sino en las relaciones públicas: quitó el latín, aligeró la Semana Santa (que era un coñazo insoportable), suprimió unos cuantos detallitos molestos del reglamento exterior de la Iglesia. Organizó un Concilio muy nombrado. Creo que lo hicieron beato. Anthony Burgess lo utilizó para una excelente novela. A mí me molestó, porque todo intento de modernidad eclesiástica me parece mal: me gusta que los cristianos sean tan antiguos, intransigentes, agresivos, etc., como siempre han sido. La misa, en latín, oiga.
     Pablo VI le tocó un poquito los cataplines a Franco. No mucho. Justo para quedar bien, cuando las bestiales ejecuciones de 1975, aunque en los sesenta también hubo sus dimes y diretes con el asunto de la «representación» (en pocas palabras: la Santa Sede quiso discutirle a Franco el «derecho» a elegir obispos que le concedían el Concordato y la Gracia de Dios)… Pablo VI recordaba un poco a Pío XII, en lo físico, y era una de esas personas de las que se desconfía a primera vista. No me fijé mucho en él, la verdad.
     La muerte de Juan Pablo I a los pocos meses de pontificado me pilló en Roma. Recuerdo que los italianos con quienes hablé (los empleados de Sangemini, que era mi embotellador en Italia) daban por indiscutiblemente cierto que lo habían asesinado, por pedir las cuentas del Vaticano, y hasta cierto punto estaban encantadísimos con el suceso, porque venía a ser el renacimiento de una vieja costumbre local (la de apiolar pontífices, quiero decir)… Lo cierto es que no recuerdo qué cara tenía, el hombre.
     Juan Pablo II era un beato mariano y me cayó mal desde el primer instante, pero, al final, sobre todo por aquello de que «tras mí vendrá quien bueno me hará», el hombre resultó bastante inofensivo. Su afán, creo, consistió en reivindicar o reafirmar o reinstaurar (no sé qué verbo cuadra mejor) la pureza de la Iglesia, eliminando todos los brotes de liberalización que habían surgido en los últimos años: nada de manga ancha en ningún terreno; vivan los pecados de toda la vida, tan mortales como siempre; y mucho ojo con las mujeres, que son la puerta del Diablo. Janua Diaboli. En bastantes aspectos, la Iglesia vino a recuperar, con él, la ruda mentalidad de los Primeros Padres (san Jerónimo, Tertuliano, etc.: grandes hombres de márquetin, ferinamente ginófobos).
     Benito XVI, llamado Benedicto XVI, me parece, en cambio, muy peligroso. No ha debido de ser muy listo nunca (su pasado y sus obras así lo sugieren), o, en todo caso, no tiene ya las neuronas muy despiertas. Dando por restaurada e irreversible la pureza de la Iglesia, limpia ya del desviacionismo de Juan XXIII, el hombre ha llegado a la conclusión de que ahora toca recuperar el poder. En ese aspecto, la Iglesia está comportándose, con algún retraso, como todas las demás grandes corporaciones. La idea está clara: hay que eliminar por completo el «progresismo» que se impuso en Occidente, por acción de la fementida Izquierda, a lo largo de los siglos XIX y XX; poder absoluto, ilimitado, fuera de la ley, para las grandes corporaciones y para las ricos; devolución de la gestión del ideario social a los estamentos religiosos (no solo a la Iglesia, claro; el evangelismo norteamericano es más radical aún). Lo que este Papa nos está diciendo es que lo único que necesitamos es religión: fe en Dios, sustitución de todas las legislaciones por la Ley de Dios, implantación profunda e inamovible de la Moral Divina, que cancela cualquier otro conjunto de valores que haya podido funcionar en el pasado reciente. A eso se refiere cuando habla de volver a evangelizar Occidente, empezando, desde luego, por España (no porque la ame, sino porque le parece la más débil, la zona católica donde menos asentados se hallan el Estado de Derecho y la Libertad Ciudadana) (tampoco es que Italia sea una maravilla en este sentido, desde luego; pero prefieren acosarnos a nosotros, quizá por algún pacto secreto con Berlusconi) (esto último es broma). Da la impresión, además, de que él y sus asesores (entre los que destaca, en España, otro señor bastante romo, el amigo Rouco) (por no mencionar a Cañizares, que dice unas tonterías pintorescas casi simpáticas) están convencidos de que pueden lograrlo. Y está echando el resto.
Yo creo que se equivocan. Para empezar, me parece imposible que este Papa, con su ropa de alta costura, sus tiaras de diseño, sus chapines primorosos, su pelo teñido de blanco impoluto, su sonrisa inverosímil, logre convencer a nadie que no le esté entregado de antemano por la fascinación del cargo. Yo, desde luego, no hablaría con él ni en un ascensor parado entre dos pisos, y no por aversión, sino porque no me interesa absolutamente nada lo que pueda pensar ese hombre sobre ningún tema concebible. Y supongo que no estoy solo en esta actitud.
     Lo cual, me parece, es gravísimo, porque quiere decir que la guerra declarada por el fundamentalismo religioso a la sociedad laica no ofrece ninguna posibilidad de pacto. Hasta ahora, hemos venido conviviendo como podíamos. El poder civil toleraba algunas jurisdicciones del poder eclesiástico —demasiadas, para mi gusto, pero llevaderas— y el poder eclesiástico solo se metía de vez en cuando con el civil, sin verdadera intención de control, más que nada por marcar las distancias. Desde la llegada del Papa nuevo, toda posibilidad de convivencia ha desaparecido: es la guerra de exterminio contra los no creyentes que jamás nos someteríamos a sus valores.
     Lo del totus tuus fue patético, en su momento, pero no supuso la ocupación de Madrid que va a suponer la próximo visita de Benedicto XVI, ni implicó una campaña de márquetin tan poderosa como la que se ha puesto en marcha esta vez, con herramientas tan jacarandosas como el levantamiento de la excomunión a las culpables de aborto (no así a quienes, como yo, estamos excomulgados por habernos casado por lo civil sin anular antes, previo paso por caja en la Santa Rota, nuestro matrimonio por la Iglesia; seguramente porque no resulta fácil imaginar que nos arrepintamos), la batería de confesonarios de diseño en el Retiro, la organización modelo Up With People (¿se acuerdan ustedes de aquel grupo de bobalicones sonrientes que en español se llamaban Viva la Gente?) (Pues igual), la probable compra de apoyos mediáticos. Es un ataque en toda regla, a fondo, sin cuartel. Santiago y cierra España. 
     Lo único bueno de todo esto es que hoy en día no hay nada que dure más de dos semanas. A mediados de septiembre todos habremos olvidado, completamente olvidado, la Gran Visita.
(Una seña de que las cosas han cambiado: ahora me da miedo publicar esta nota; hace un par de años no se me habría pasado por la cabeza que alguien pudiera agredirme por escribir lo que escribo.) (De hecho, incluso he cambiado el título, no sea que Facebook me lo censure directamente.) 
Ramón Buenaventura

El post original, aquí.

3 opiniones:

Horrach dijo...

Vaya, o sea que Ratzinger nunca ha sido muy espabilado. Que se lo pregunten a Jürgen Habermas, por ejemplo, con quien tiene un interesante libro de debate. Si por algo es conocido Ratzinger, en el mundillo católico e incluso en el laico, es por ser un intelectual erudito y sutil, muy alejado de los divulgadores romos como su predecesor. Vale, es católico, y eso ha decantado toda su obra hacia la teología, pero mejor no confundir intelectualmente a Ratzinger con Rouco, por mucha manía que le tengamos al catolicismo.

Y menuda majadería lo del ascensor. Demuestra que Buenaventura sí es 'inteligente' y 'sutil', no como el viejo este de la tiara.

PD: aviso que servidor es agnóstico y detesta ceremonias delirantes como la de esta semana en Madrid, al igual que la pretensión hegemónica en lo moral de la Iglesia Católica. Aunque al menos estos no te declaran una fatwa si te dedicas a hacer dibujitos sobre su profeta de turno.

Horrach dijo...

Por cierto, lo de esta semana en Madrid puede ser tremendo: la ciudad de los creyentes y paternalistas, de aquellos que siempre saben lo que más nos conviene y no se cansan de repetirnos el buen camino, en sus dos ramas mayoritarias (al menos en Occidente). En una esquina, los del reino-que-no-es-de-este-mundo; en la otra, los del otro-mundo-es-posible. La hegemonía moral en disputa entre estos gemelos caprichosos y mandones.

Muñeca Rota dijo...

Me voy por lo menos importante.
Coincido en la mayoría de la entrada, pero me causó extrañeza lo de "Up with people", vi una de las últimas generacione y sin saber que eran religiosos, me parecieron buenos, hasta cierto punto podrían verse bobalicones, sin embargo, el mensaje que llevan en escencia y sin prejuicios, es bastante bueno, ¿no?
Sin duda tengo una postura similar a la de tu post, pero creo que de vez en cuando podríamos escuchar lo que las personas tienen que decir sin importar sus ideologías, simplemente por ser personas, de lo contrario, caeremos nuevamente en el error que ellos cometen.
Lo anterior, a riesgo de parecer otra bobalicona :S, sugiero una vueltita por mi blog para comprobar que nada tiene que ver con la forma católica tradicionalista de pensar.
En otros asuntos, me encanta tu blog, cuando quiero leer algo interesante y al mismo tiempo entretenido, siempre vengo aquí. Un saludo.

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